Una semana en India

india-genteTal parece que llegué ayer, pero el almanaque indica que pasó una semana. La India, ¡solavaya! habría perdido todo mi dinero si hubiese apostado que jamás vendría, de todos los países del mundo, a este. Pero las circunstancias de la vida lo hicieron posible y aquí estoy, con mi mamá.

La sensación de rapidez temporal no es solo por el jet lag de nueve horas y media que recortó casi un día de mi estancia aquí, sino porque, en efecto, en apenas una semana he podido conocer bastante de este país, aunque sospecho sea solo una mínima parte. Al menos algunos detalles ineludibles de la agenda turística estándar de la mayoría de los visitantes ya los puedo tachar de la lista.

Para empezar, lo primero que impacta, sobre todo para que el viene de una isla con tan escaso crecimiento habitacional, como Cuba, es la enorme cantidad de gente por doquier. Puede ser estresante, e incluso intimidante. Dicen que ya son más de mil 300 millones, y que en unos años sobrepasarán a China como el más más poblado del planeta. Sobrepoblado, diría yo. Y Nueva Delhi, la capital, se convierte en el más vivo ejemplo.

Las calles permanecen constantemente atestadas de personas y vehículos. El tráfico es infernal, lo mismo carros que motos, y con una bulla abrumadora, capaz de sacar de sus casillas al más impasible de los monjes del templo Shaolín. No obstante, por mucho que parezca un caos, no ocurren tantos accidente y, según dicen, viven felices así. Te meto una cañona, no hay problema. Me aparto, luego se lo hago al de atrás. Y el claxon nunca para, es como una sinfonía en extremo desafinada. Convivencia pacífica, le llaman.

Además del gentío en exceso, lo otro realmente alarmante es la extrema pobreza en que viven muchas personas. A las orillas de la calles, en las avenidas, donde quiera haya un rincón que permita tirar un cartón o un trapo y dormir, ahí están. Son millones, literalmente, los indigentes en este país, y es algo complejo de entender, según me explica mi madre, pues ese tipo de personas son consideradas por el resto como un eslabón por debajo, incluso, de los animales.india-indigentes

Hay también un gran número de perros callejeros, pero nada de los flacuchos de Cuba. Perros grandes, bastante bien alimentados, pues la misma gente les da comida. Las vacas se pasean campantes por las calles, y ¡cuidadito! con tocarlas. Aún no me he topado con la cantidad que pensaba, pero ya es suficiente ver como son capaces de detener el tráfico de las principales avenidas con su tranquilo andar.

Eso es apenas un destello de la capital, de lo que he visto yo. Aún me falta Old Delhi, la parte más antigua de la ciudad, donde realmente se puede apreciar la miseria de una parte de esta sociedad. Y digo de una parte, porque eso es verdaderamente lo más conmovedor, los altos contrastes que existen, y lo indiferente de las personas, de uno y otro lado.

Lo mismo uno se puede encontrar un centro comercial de lujo sin algo que envidiarle a uno de Canadá, pero al salir y cruzar la calle ver cientos de personas, fundamentalmente mujeres y niños, viviendo en las más precarias condiciones. Su misión, su estilo de vida, su objeto social: intentar venderle a los carros que pasen lo primero que les caiga en las manos y, en otros casos, pedir limosna.

india-pobrezaPor supuesto que existe la otra cara de la moneda. La India exótica, milenaria, esa que todos quieren conocer. La de los budas, los templos, el Taj Mahal, esa por la cual todos los años vienen millones de turistas y se hacen películas como The Best Exotic Marigol Hotel. Esa que también vine a ver yo, por supuesto.

Este fin de semana lo dedicamos por entero a ese objetivo. El sábado estuvimos en tres lugares emblemáticos: Qutb Minar, Humayon Tumb y The Indian Gate. El primero resulta el monumento de arte islámico más antiguo de Delhi, mientras el otro es un complejo de edificios de arquitectura Mogol, donde radica la tumba de un importante emperador de ese antiguo imperio.

The Indian Gate, aunque su construcción fue para rendir tributo a los soldados indios caídos en la Primera Guerra Mundial y en las guerras afganas, para mí viene a ser un homenaje o bien imitación de las civilizaciones occidentales, con una enorme estructura que emula al Arco de Triunfo parisino o a la Puerta de Bradenburgo en Berlín.

El domingo quedó reservado para conocer Agra, la tierra del archiconocido Taj Mahal. Luego de poco más de tres horas de camino, llegamos al estirado pueblito, cuya fama no lo hace menos mugriento. El lugar no es bonito, ni limpio, y eso que dicen que se le pagó a una buena cantidad de gente para que lo higienizaran en vísperas a la visita que Obama les hiciera en enero. Si así fue la cosa, no me lo imagino antes.

Anduvimos con suerte, pues habían pronosticado lluvia todo el día; sin embargo, cuando llegamos al Taj, más o menos a las 10 de la mañana, el cielo se despejó y se asomó un tímido solecito que agradeció, sobre todo, mi cámara.  Aunque estaba bastante lleno, no era tanto como un día normal de buen clima.

taj_mahal-2-2El palacio es realmente impresionante, gracias en gran parte a su revestimiento íntegro en mármol blanco, que lo dota de una coloración magnífica y lo hará perdurar en un óptimo estado por cientos de años más. El interior, siendo honesto, no me llamó mucho la atención, pues como en el resto de los construcciones de ese estilo, su diseño es austero por las tumbas que lo ocupan, aunque con decoraciones y tallados exquisitos en las paredes. Eran palacios que se construían con ese propósito, y muy pocos llegaron a ser habitados en alguna ocasión.

Una vez terminamos el tour, incluidas las fotos pertinentes, salimos para el Agra Fort o Red Fort, una añeja fortaleza que servía de sede al emperador del imperio Mogol, que tuvo su capital allí antes de llevarla a Delhi hace más de 300 años. El sitio es inmenso, con varias locaciones internas, en ocasiones haciendo las veces de cuartel militar y en otras de lujoso palacio. Desde sus balcones traseros se puede apreciar una vista lejana del Taj y cuenta la leyenda que el emperador se pasaba horas contemplándolo.

Ya de salida, hicimos una última parada en el mausoleo de Itimad-Ud-Daulah, más conocido como Baby Taj por el parecido a su hermano mayor. Este sitio se me hizo más agradable que el Taj grande, quizás por la tranquilidad imperante y el apacible río que le cuida las espaldas.

Sin dudas, la visita quedará para toda la vida, aunque para ser lo más franco posible, no cambio ninguno de esos legendarios lugares por las iglesias de mi Camagüey, o ni siquiera por el Morro habanero. No sé, supongo que cada cual tenga su propia perspectiva, pero al final lo de uno, lo que viene de sus raíces y de su propia sangre, es lo de uno.

La India hasta hora viene siendo lo que esperaba, de acuerdo con las  historias infinitas que ya me había hecho mi madre, pero ahora con esa dosis de realidad que solo la experiencia in situ puede otorgar. Es un extraordinario país, eso sí, aunque sospecho que su cultura, su gente, ¡sus comidas!, me van a costar más de una semana asimilarlas.

 india-contrastesCivilización y tradición conviven perfectamente

qutb-minarLa inmensidad del monolito de Qutb Minar

india-agra_fortLa imponente fachada del Agra Fort

india_baby_tajEl Baby Taj

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6 comentarios to “Una semana en India”

  1. Reblogueó esto en KOKACUB@y comentado:
    Raul el viajero, entrañable amigo, te esperamos para nuestros acostumbrados viajes por toda la isla. KokaCuba

  2. Dairen Says:

    …”Este sitio se me hizo más agradable que el Taj grande, quizás por la tranquilidad imperante y el apacible río que le cuida las espaldas”…

    me conquistó ese lugar, tus palabras, casi pude escuchar al rio. me alegro por todas las cosas bellas qe vives, te lo mereces Raulo, besitos.

  3. Lloré…

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