Siempre estaré contigo

argentina-2Se acabó el mundial. Hace cuatro días terminó y yo aún con esta cuartilla en blanco intentando escribir algo. Sí, porque lo más lógico es que escriba algo, una especie de declaración, de resumen. Imagino a varios amigos esperando que, al igual que Fide, anuncie que no me voy a esconder. Pero no.

Ahora mismo una especie de gravedad cero me invade. Una sensación inocua. Ni decepción, ni tristeza. Es justo lo que se siente cuando llevas mucho tiempo esperando algo y supera tus expectativas, pero al mismo tiempo no las llena.

Sin embargo, no importa si el resultado fue bueno o malo. Lo que hace que algo te marque no es el desenlace, sino la manera en que te preparas para ello. La forma en que lo vives, en que lo asumes.

Al mundial de Brasil llevaba cuatro años esperándolo, pero llegar a la final casi 26 y no lo sabía. Lo tengo que confesar: no estaba listo para ver a mi Argentina en una final. Por supuesto que lo deseaba como a pocas cosas en este mundo, pero ahora que pasó, me doy cuenta que jamás estuve listo para algo así.

La incredulidad y rapidez con que transcurrió esa semana desde los cuartos de final contra Bélgica hasta el gol de Götze, me resulta indescriptible. Fueron días agitados, llenos de sucesos independientes al fútbol que pudieron haber influido en lo eufórico de mi estado de ánimo. Las emociones que me dieron esos juegos las guardaré para siempre y haré lo imposible para que mis hijos algún día puedan sentir lo mismo.

Ya voy por cinco párrafos y quiero comenzar a escribir del partido antes de que se aburran, si es que no lo han hecho. Pero un vacío me detiene: para qué hablar de lo que es historia, de lo que no fue y pudo haber sido. Para análisis están ESPN, Marca, El Gráfico y el cojón divino de diarios deportivos que me repiten lo mismo una y otra vez: Alemania es el campeón del mundo.

Todavía me llegan mensajes de amigos hablando de las madres de El Pipita y de Palacios, y de hasta la del propio Messi. También están los que culpan a Demichelis por no anticipar a Götze o a Chiquito Romero por comerse el gol. ¡Qué locura! Y yo solo miro los textos con ojos inertes y cambio el piloto automático a otra dirección. Retorcer otra vez el cuchillo donde ya hizo el daño, está sobrevalorado.

Si algo he aprendido todos estos años sufriendo por Argentina, es que al final la gente solo recuerda lo importante. Y aquí lo trascendente fue que Argentina no ganó. Excavar en los por qué resultaría absurdo; eso se los dejo a los masoquistas. Ni los fanáticos más empedernidos que terminamos estudiando periodismo para profesionalizar nuestras pasiones, podemos cargar con los detalles de lo que sucedió en cada torneo, en cada liga, en cada mundial.

Y mientras más pasa el tiempo, más se borran los recuerdos. Y nadie se va acordar de los goles que no marcaron los argentinos el 13 de julio de 2014. Ni siquiera de sus nombres. ¿Palacios, así se llamaba?, le preguntará incrédulo un niño a su abuelo en 2038 cuando este le recuerde como 24 años antes estuvieron a punto de levantar la copa; al igual que recién acabo de descubrir que se llamaba Dezzoti el pobre diablo que alineó junto a Maradona aquella tarde de 1990 en el Olímpico de Roma.

En todo caso la memoria colectiva retendrá el nombre de Götze (sí, tercera vez que lo escribo y no, no duele) o quizás los hechos de verdad extraordinarios, como aquellos tristes sucesos del 8 de julio en el estadio Mineirao. Pero nadie recordará al número 23 de Alemania que abrió de regular por un Khedira lesionado, o aquel cambio descabellado de Agüero por Lavezzi en el medio tiempo.

Hoy perdura el gol de Iniesta y la celebración dedicada a su amigo Dani Jarque en Sudáfrica, pero pocos -salvo los holandeses, claro- reparan en lo que Robben perdonó frente a Casillas. O qué me dicen de ese último penal que Trezeguet mandó al larguero en Alemania 2006 y le dio el título a Italia. No, lo que nunca se borrará es el cabezazo de Zidane a Materazzi.

Muchos brasileños ya se olvidaron de que, en ese mismo mundial, Roberto Carlos estaba abrochándose un zapato cuando el propio Zinedine cobró la falta que terminó en el gol de Henry, así como gran parte de los hinchas argentinos desconocen el apellido de aquel rubio sueco que la clavó en el ángulo de Caballero en 2002. ¡Ay, Svensson!

Apostaría lo que sea a que el 90% de los nuevos alemanes que hay en Cuba no saben que su equipo se fue de Francia ´98 con tres goles croatas a cuestas, o que llegaron a la final de 2002 luego de un trayecto dificilísimo, en el que derrotaron a Paraguay, Estados Unidos y Corea del Sur. Mucho menos sabrán que en ese partido en Yokohama, el pequeñito Oliver Neuville la había mandado al palo, de tiro libre, justo antes de los dos goles del Fenómeno.

Puedo seguir con esto. Puedo regresar en el tiempo, a cuando el fútbol se jugaba diferente, y aparecerán más fantasmas. Monstruos que le abrirían la boca a cualquiera, e incluso harían que unos cuantos alemanes orgullosos de última hora bajen la cabeza y se metan la lengüita donde no se las vea nadie.

Sin embargo, ¿para qué continuar? A estas alturas ya nada funciona, ni siquiera para los adictos como yo que hacemos de este jodido deporte una vía de escape para esta rutina homicida que te consume a largo plazo. De nada sirve ponernos a sacar cuentas. Argentina no ganó el mundial y punto. Messi no fue ni el décimoquinto mejor jugador y punto.

La frente la llevo en alto, no obstante. Y el agradecimiento eterno para ese cuestionado grupo de locos que armó Sabella lo guardaré por siempre. ¿Quién sabe? Quizás sea mejor que la experiencia hubiera terminado con este amargo sabor a derrota. Así, cuando finalmente alcemos la copa -porque lo haremos- la sabremos disfrutar mejor. Los que vivieron en los 70 y los 80 pueden dar fe de ello, pero los millones que nacimos después de México no.

El cartelito de la puerta –imagino- mi abuela lo habrá quitado ya. He estado la última semana en La Habana, por eso no lo sé. Pero igual lo tendré listo para dentro de cuatro años. Y si el sueño no se cumple en Rusia tampoco, será entonces para el 2022. Porque cuando se ama algo de verdad se aguanta hasta el final, incluso hasta la muerte.

Por eso siempre estaré contigo, Albiceleste.

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