No se equivocó el poeta

Niagara-fallsLas Cataratas del Niágara eran una visita obligada en este viaje a Canadá. Perdérselas hubiera sido como ir a París y no ver la Torre Eiffel, o a Rio de Janerio y obviar al Cristo Redentor, o a La Habana y no retratarse en el Capitolio.

La primera vez en mi vida que medité de forma consciente sobre ese sitio fue cuando cursaba el onceno grado en la Vocacional. En ese entonces el programa de la asignatura Español-Literatura contemplaba el análisis de un poema del escritor cubano José María Heredia dedicado a tan excelso accidente geográfico.

Gracias a mi memoria fotográfica para acontecimientos aparentemente insignificantes, recuerdo casi como si hubiese sido ayer la clase donde nos tocó estudiar aquella obra literaria.

Fue en una calurosa tarde de la primavera cubana del 2005 donde teníamos un turno doble justo después del almuerzo. Se podrán imaginar qué agradable resultaba ese momento del día para concentrarse en el quehacer de un escritor romántico del siglo XIX.

Creo que si alguien de mi grupo se atreve a decir hoy que entendió o aprendió algo esa tarde, lo acuso de mentiroso sin pensarlo dos veces. Yo, al menos, además del calor solo pude asimilar lo extenso que era el poema.

Todos nos mirábamos con cara de “¿cuándo se acabará la muela?” mientras la profesora leía sin pausa alguna. Lamentablemente, el significado de tan geniales versos tendría que esperar por un mejor auditorio.

No obstante, después de esa tediosa clase siempre me quedé con aquello de por qué ese tal Heredia (del que más tarde aprendería más cosas, como que fue un hombre precoz toda su vida, tanto para aprender idiomas como para morir) había compuesto un poema sobre un lugar que no tenía nada que ver con Cuba y que estaba justo en la frontera entre Estados Unidos y Canadá.

Sin que pasara mucho tiempo, la curiosidad fue perdiéndose en mi cabeza como se hunde una piedra en un pantano. Sin embargo, cuando me dieron la visa para venir a este país, la pregunta volvió a salir a flote de una forma tan misteriosa como repentina.

Con aquella interrogante rondándome de nuevo los pensamientos, imaginaba que -luego de visitar el lugar- sería capaz de perpetrar una destellante analogía entre el  genial post que seguramente iba a escribir y los versos de José María… y que finalmente lograría conmover a los lectores relatando mis impresiones de lo que, sin dudas, sería un momento que jamás escaparía de mis recuerdos más importantes.

Pero, ¡qué va! Ni lo uno, ni lo otro. La experiencia sí fue única, y no solo por la inigualable majestuosidad de aquel entorno, sino porque luego de tanto tiempo de espera, los cinco que dos veces al año en Cuba compartimos en familia, pudimos posar juntos para una foto a más de cinco mil kilómetros de la tierra que nos vio nacer. Pero eso no viene al caso ahora.

niaraga45Pensaba yo que podría establecer un mano a mano con Heredia, y ni siquiera me había leído el poema. ¡Qué idiota! Por eso, ya en casa y luego de buscar los versos en internet, cuando comencé a beberme esas ráfagas de ira, nostalgia, pasión, belleza, amor… que disparaba enfurecido el poeta, no pude sentir otra sensación que vergüenza al pretender emular alguna prosa mía con la de ese monstruo de la lírica cubana.

Qué clase de comemierda, diría un amigo. Por eso estas líneas y de esta forma.

No he buscado otra fuente ni otra literatura, y sé las debe haber por montones, pero dudo que alguien haya escrito alguna vez sobre ese lugar como lo hiciera aquel cubano desterrado, que no se conformó con el acabado de tan esplendorosa obra de la naturaleza y anheló ver las palmas reales de su Patria para completar -a su entender- la perfección del paisaje.

Sin embargo, las Cataratas del Niágara del 2013 no son las mismas que deleitaran a Heredia hace casi 200 años; al menos no su entorno. A saber si en aquel tiempo existía tan siquiera un camino para deslindar sus alrededores. Lo más probable es que todo el panorama se encontrara aún virgen, justo como se debió haber formado hace miles de años.

Hoy es uno de los sitios turísticos más famosos del planeta, del cual sacan tajada los dos países que se privilegian con sus aguas. Además de la espectacular vista desde cualquier ángulo del que se mire, cuenta con otras atracciones para el visitante más osado… y con el bolsillo más pesado.

Una de ellas es montarse en un barco que llega casi hasta el mismo centro de la caída y permite ver a solo unos escasos metros como ese infierno de agua rompe estrepitosamente con una furia indescriptible.

niaraga67Muy cerca, un puente enlaza las dos naciones y permite el flujo de personas de una orilla a la otra. En los alrededores se ubican varios hoteles, casinos, centros comerciales, parques recreativos y otras numerosas ofertas para enamorar al visitante y lograr que se quede por más tiempo.

En medio de tanta gente e idiomas desconocidos y luego de contemplar la vista hasta saciarme, encontré unos segundos para pensar en Heredia y en aquella clase de Español tan lejana.

¿Cómo se sentiría el poeta expatriado entre tantos turistas chinos, árabes, indios, latinos, europeos, canadienses, americanos? ¿Cómo se sentiría ahora cuando son muchos los que quieren salir de Cuba y pocos los que quieren volver? ¿Se sentiría exiliado o afortunado?

Y logré comprender entonces.

Conseguí entender que si yo, un visitante más, mucho menos sensible y letrado que José María, logré conmoverme ante aquella extraordinaria obra de la naturaleza y alcancé a recordar también la tierra que me vio nacer, entonces toda la ira, nostalgia, pasión, belleza, amor… de aquel cubano desterrado, estaba más que justificada… y agradecida.

cataratas-del-niagara

Oda al Niágara (José María Heredia, 1824)

Templad mi lira, dádmela, que siento
En mi alma estremecida y agitada
Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
En tinieblas pasó, sin que mi frente
Brillase con su luz…! Niágara undoso,
Tu sublime terror sólo podría
Tornarme el don divino, que ensañada
Me robó del dolor la mano impía.

Torrente prodigioso, calma, calla
Tu trueno aterrador: disipa un tanto
Las tinieblas que en torno te circundan;
Déjame contemplar tu faz serena,
Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre
Lo común y mezquino desdeñando,
Ansié por lo terrífico y sublime.

Al despeñarse el huracán furioso,
Al retumbar sobre mi frente el rayo,
Palpitando gocé: vi al Oceano,
Azotado por austro proceloso,
Combatir mi bajel, y ante mis plantas
Vórtice hirviente abrir, y amé el peligro.
Mas del mar la fiereza
En mi alma no produjo
La profunda impresión que tu grandeza.

Sereno corres, majestuoso; y luego
En ásperos peñascos quebrantado,
Te abalanzas violento, arrebatado,
Como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
De la sirte rugiente
La aterradora faz? El alma mía
En vago pensamiento se confunde
Al mirar esa férvida corriente,
Que en vano quiere la turbada vista
En su vuelo seguir al borde oscuro
Del precipicio altísimo: mil olas,
Cual pensamiento rápidas pasando,
Chocan, y se enfurecen,
Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
Y entre espuma y fragor desaparecen.

¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo
Devora los torrentes despeñados:
Crúzanse en él mil iris, y asordados
Vuelven los bosques el fragor tremendo.
En las rígidas peñas
Rómpese el agua: vaporosa nube
Con elástica fuerza
Llena el abismo en torbellino, sube,
Gira en torno, y al éter
Luminosa pirámide levanta,
Y por sobre los montes que le cercan
Al solitario cazador espanta.

Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
Con inútil afán? ¿Por qué no miro
Alrededor de tu caverna inmensa
Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
Que en las llanuras de mi ardiente patria
Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
Y al soplo de las brisas del Océano,
Bajo un cielo purísimo se mecen?

Este recuerdo a mi pesar me viene…
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
Ni otra corona que el agreste pino
A tu terrible majestad conviene.
La palma, y mirto, y delicada rosa,
Muelle placer inspiren y ocio blando
En frívolo jardín: a ti la suerte
Guardó más digno objeto, más sublime.
El alma libre, generosa, fuerte,
Viene, te ve, se asombra,
El mezquino deleite menosprecia,
Y aun se siente elevar cuando te nombra.

¡Omnipotente Dios! En otros climas
Vi monstruos execrables,
Blasfemando tu nombre sacrosanto,
Sembrar error y fanatismo impío,
Los campos inundar en sangre y llanto,
De hermanos atizar la infanda guerra,
Y desolar frenéticos la tierra.

Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
En grave indignación. Por otra parte
Vi mentidos filósofos, que osaban
Escrutar tus misterios, ultrajarte,
Y de impiedad al lamentable abismo
A los míseros hombres arrastraban.
Por eso te buscó mi débil mente
En la sublime soledad: ahora
Entera se abre a ti; tu mano siente
En esta inmensidad que me circunda,
Y tu profunda voz hiere mi seno
De este raudal en el eterno trueno.

¡Asombroso torrente!
¡Cómo tu vista el ánimo enajena,
Y de terror y admiración me llena!
¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza
Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
Hace que al recibirte
No rebose en la tierra el Oceano?

Abrió el Señor su mano omnipotente;
Cubrió tu faz de nubes agitadas,
Dio su voz a tus aguas despeñadas,
Y ornó con su arco tu terrible frente.
¡Ciego, profundo, infatigable corres,
Como el torrente oscuro de los siglos
En insondable eternidad…! ¡Al hombre
Huyen así las ilusiones gratas,
Los florecientes días,
Y despierta al dolor…! ¡Ay! agostada
Yace mi juventud; mi faz, marchita;
Y la profunda pena que me agita
Ruga mi frente, de dolor nublada.

Nunca tanto sentí como este día
Mi soledad y mísero abandono
y lamentable desamor… ¿Podría
En edad borrascosa
Sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡si una hermosa
Mi cariño fijase,
Y de este abismo al borde turbulento
Mi vago pensamiento
Y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara, viéndola cubrirse
De leve palidez, y ser más bella
En su dulce terror, y sonreírse
Al sostenerla mis amantes brazos…!
¡Delirios de virtud…! ¡Ay! ¡Desterrado,
Sin patria, sin amores,
Sólo miro ante mí llanto y dolores!

¡Niágara poderoso!
¡Adiós! ¡adiós! Dentro de pocos años
Ya devorado habrá la tumba fría
A tu débil cantor. ¡Duren mis versos
Cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
Viéndote algún viajero,
Dar un suspiro a la memoria mía!
Y al abismarse Febo en occidente,
Feliz yo vuele do el Señor me llama,
Y al escuchar los ecos de mi fama,
Alce en las nubes la radiosa frente

Anuncios

3 comentarios to “No se equivocó el poeta”

  1. I have read so many posts on the topic of the blogger lovers
    but this article is actually a fastidious piece of writing, keep it up.

  2. Chama que clase de experiencia . Me alegro por ti te acercaste a Heredia de verdad, claro no por el post, jajajaja. Ese bichito escribía con tecnología de punta man. Pero te daba para dos post incluso. Dale , nos vemos en las cataratas sanjuaneras. Prepárate para los termitos de cerveza.

    • Jjaja, si por algo no quisiera irme este viernes seria para no tener que coincidir con los carnavales, por suerte cuando llegue ya se estaran terminando, menos mal. Nos vemos pronto bro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: