A la hora de almorzar

bandejaOtro texto empolvado recién sacado del baúl de la Universidad. Esta vez, les traigo una descripición del lugar en donde -emergentemente- tuvimos que almorzar durante el primer año de la carrera debido a la reconstrucción del comedor principal. Sin más preámbulos, aquí va esta ráfaga de adjetivos y nostalgias.

Antes de empezar la carrera nunca me pasó por la mente que tendría que almorzar tantos días en la universidad. O, para ser más específico, nunca consideré posible que sería en ese comedor en el cual degustaría tantas de mis comidas vespertinas durante mi primer año. Aunque al final resultó una aventura inolvidable.

Solamente la imperiosa multitud que se avizoraba al acercarse al mencionado sitio bastaba para suprimirle a cualquiera las ganas de hacerle la visita: dos filas irregulares, congestionadas en direcciones opuestas, donde los instintos animales relucían a retazos y el único contraste lo marcaba la procedencia de cada cual.

Una hilera era para los becados y la otra para los externos. En una abundaban los platos de aluminio arrugado y los pozuelos de plástico y en la otra las pesadas mochilas llenas de libros.

Los temas de conversación se entrelazaban en el caluroso aire cargado de humedad veraniega que permanecía durante casi todo el año. Que si la beca estaba en malas condiciones o si el transporte para ir para la escuela era pésimo, no importaba, al final los rugidos dictatoriales del estómago ejercían una mayor influencia sobre todos los presentes, y la feroz cola actuaba como un imán. Yo no fui la excepción.

Habitualmente siempre demoraba un poco más que mis demás compañeros en llegar y, al dirigirme al grupo que me tocaba, descubría que una vez más me esperaban esas caras familiares que compartían día a día conmigo tan rememorativa odisea, como si de alguna forma la compañía fuera a hacer menos apremiante el hambre y la espera.

Ya incorporado a nuestro “pelotón de fusilamiento”, me unía a la expectativa de que apareciera aquella personita de carácter tan inverosímil que prácticamente detenía nuestros corazones: la tía que llevaba el control de la entrada al local.

Se asomaba y, desde su mesa atrincherada casi en el medio de la puerta y su baja estatura, lanzaba una mirada intimidante alrededor y todos se alineaban inmediatamente cual formación militar. Luego venía la aduana.

Los estudiantes externos de la Universidad de Camagüey casi teníamos que conseguir más papeles para almorzar que para viajar al exterior del país. Una Tarjeta de Comedor de Estudiante Externo, la bien conocida TCEE, con foto y firma del poseedor, cuño del director del Departamento de Cocina y Comedor, y un número de identificación, era el requisito fundamental.

Además, se exigía también otro documento con valor de cinco pesos moneda nacional en el cual descontaban el precio de la comida del día hasta llegar a la cifra mencionada.

A la hora de rendirle cuentas a la tía, con sus hieráticos ojos clavados en los temblorosos y apurados movimientos del que estuviera en turno, y con el olor a comida fresca deslindando los aires proveniente de las bandejas ya situadas a la espera de sus futuros devoradores, los nervios y el desespero traicionaban a no pocos transeúntes con bastante frecuencia. Nuevamente, yo no fui la excepción.

Ya dentro, el mundo parecía menos complejo, los pensamientos se hacían menos complicados y los instintos solo intuían complacer al voraz apetito que se retorcía en la barriga. Dos mesas de madera trabajada toscamente sin terminar, rodeadas de diez sillas de la misma elaboración, se apretujaban en un cuartico no mayor de doce metros cuadrados.

El piso, incrustado de cemento y piedras, hacía que el desplazamiento de aquellos taburetes fuera algo realmente difícil de ejecutar, pero a esa hora nada importaba, solo queríamos comer.

El almuerzo no resultaba tan malo como la espera. Las bandejas rosadas casi siempre tenían ocupadas todas sus divisiones. Al potaje o chícharo y al arroz blanco de todos los días se les unía de vez en cuando alguna que otra ensalada de calidad y, con menos frecuencia aún, uno que otro muslito de pollo veterano. El pan, en ocasiones fresco, resultaba un aperitivo ideal para compensar la falta de un plato fuerte de decencia comestible.

Los vasos elaborados con un plástico rudimentario y unas jarras propias del módulo de la Batalla de Ideas, junto a un jarrón que contenía un tipo de flor morada de la cual nunca me interesé por indagar su nombre, ocupaban el resto de la ya sin espacio superficie de madera improvisada. Tampoco faltaban nunca las moscas intrusas que se esforzaban en molestar a los concentrados comensales.

Al término de la comelata, la salida se tornaba un poco tempestuosa, pues si demorabas más de lo debido en consumar el acto de comer, la ya mencionada multitud con instintos animales a flor de piel aumentaba las tensiones y podías ser víctima de un ataque verbal provocado, sin duda alguna, por el hambre azotadora.

Cuando salíamos y nos alejábamos del comedor, contemplábamos a la distancia el mismo acontecimiento que se repetía cíclicamente durante más o menos dos horas, de lunes a viernes, cuando el sol se situaban en posición completamente vertical sobre la tierra: la tía imponiendo orden, las miradas inexpresivas a causa de la falta de alimento y la cola zigzagueante que se arremolinaba alrededor de la puerta.

Volvíamos la cabeza y congregábamos los pensamientos en olvidar la escena hasta la siguiente jornada a la misma hora.

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5 comentarios to “A la hora de almorzar”

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  2. Zurita Says:

    te olvidaste mencionar que era gratis. de todos modos considerate afortunado y averigua que se almorza en el 93 en el comedor de la u8niversidad de Camaguey.

    • Bueno Zuri, no era gratis, por lo menos pa Los CMG, q teniamos q pagar 5 pesos por la tarjetica. Igual era supermodico, y es verdad, esa comida era bastante buena, besos, gracias por llegaste hasta aqui

  3. mirelys Says:

    Coño Raul los recuedos que me has traido con este post, la verdad que yo visite este “mundo magico” en solo un par de ocasiones y arrastrada por la Tunie o Eli, pero sin lugar a dudas recuerdo las largas filas en el comedor ☺
    Un beso
    Mirelys

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