El secreto

anillo/manosBuscando hace unos días entre archivos viejos de la Universidad, encontré este cuento que realicé como un ejercicio de la asignatura Redacción durante mi primer año de la carrera. Una avalancha de nostalgia y recuerdos cayeron sobre mí instantáneamente y ahora se los dejo aquí, íntegramente como lo escribí hace más de cinco años y como evidencia del primer y único intento literario de mi vida.

 

Horacio Queiroz volvió a ver el sol por primera vez después de tanto tiempo, cuando ya su pelo había perdido ese fulgor castaño natural y se había tornado de un blanco netamente grisáceo. Entonces, como por arte de magia, le vino de forma fantasmal a la mente aquellos sucesos que se habían esfumado de su pensamiento por casi medio siglo.

Luego de cuarenta y tres años en prisión, había pisado nuevamente el porche de esa casita semioculta a la sombra de la ceiba vieja, justo en el centro del poblado La Mantequea, donde una vez había cometido ese terrible crimen.

Sin embargo, la recóndita imagen apenas lo impactó y mucho menos lo llevó a cuestionarse la causa de sus actos, no ahora luego de cumplir solemnemente la condena por más de cuatro décadas y cuando le habían otorgado la libertad condicional por su buen comportamiento.

No había necesidad de resucitar a ese demonio que lo condujo a actuar de esa forma tan desmesurada. Tampoco le importaba la incertidumbre, ni que la ropa que usaba lo hacía parecer un loco ante las miradas apremiantes de la gente que pasaba por la calle. Su cabeza únicamente daba vueltas tratando de entender todo ese nuevo mundo que lo abrumaba.

Hace mucho, a Horacio Queiroz se le conocía por un hombre humilde y trabajador que, a pesar de la época difícil en que vivía, se buscaba sus dieciséis centavos al día para alimentar a su familia. Renasta, su esposa, tenía una belleza inigualable en el pueblo, poseía los ojos más bellos de aquel lugar y su largo cabello negro y brillante sobresalía a la distancia. Era una mujer cargada de juventud y carisma pero, más que todo, amaba a su marido. Y tan grande era su devoción por él que le dio tres hijas en treinta y dos meses. Toda una hazaña. Y lo mejor fue que quedó igual o más de bella.

La pareja era muy querida por todos y, cuando tuvieron a las niñas, no faltó nunca alguien que ofreciera su mano para ayudar en lo que fuera. Como aquella tarde en que Horacio no llegaba y Ginita, la menor, comenzó a hipar sin cesar. En ayuda de la madre desesperada primero vino Harmela, la anciana que vivía a su lado y se mantenía viva solo por las pequeñas, pero no logró calmar a la criatura. Luego, Latrilo, el hombre de las tijeras, que pasaba religiosamente por allí todos los días a esa hora pregonando su mercancía, tampoco halló solución alguna.

Cuando el padre llegó a la casa pasadas las nueve de la noche, el pueblo completo estaba allí inventando “Dios sabe qué” para calmar a la pobre bebita. Entonces, como milagro divino y para el sosiego de todos, la niña se detuvo de repente y dijo alegremente “papá”. Tenía solo dos añitos, y esa era su primera palabra.

Así era la vida de Horacio Queiroz y su familia: eran reyes sin trono ni palacio, pero reyes… hasta que llegó aquel día en que el encanto se rompió sin explicación alguna.

Por aquellos tiempos se efectuaban en la zona las elecciones del Representante del Municipio, mas en el pueblo parecía como si no sucediera nada, la vida transcurría sin percance alguno. Como La Mantequea no era cabecera municipal, no tenía un local para los Aspirantes al Puesto, y sus moradores, indiferentes al pomposo proceso, ni se habían preocupado por construir uno para albergar a esas personas que venían a decirles falsas promesas en su propia cara.

Cuentan que aquella mañana, Lorenzo, el niño descalzo que vendía leche en su vaca doméstica por las calles, fue enviado, poco después del canto del último gallo, a buscar a Horacio de parte del nuevo Aspirante al Puesto. A esa hora ya todos estaban despiertos en el pueblo, y el hombre, obediente aunque de carácter, apenas preguntó el motivo y con un beso en la mejilla se despidió de su mujer. Las niñas aún dormían.

Según narran las historias, se le vio entrar tranquilo a la carpa ubicada bajo el framboyán que crecía justo en la entrada oeste del poblado, pero salió poco después del mediodía con una mirada apesadumbrada que lo acompañó el resto de su vida.

A la puesta del sol, solo se escuchó el grito aterrador de Harmela cuando entró a la casa a realizar su acostumbrada visita de la tarde. Aquella escena no tenía precedentes por esos parajes: Renasta tendida en el suelo con la piel casi morada y un corte, hecho con la navaja americana que Horacio usaba para afeitarse los domingos, surcaba su cuello. A su lado yacían sus tres hijas con igual postura.

Cuando los guardias vinieron a buscar a Horacio, éste aún permanecía sentado en el balance del portal mirando a lo lejos y mascando su tabaco gastado, justo como se encontraba cuando Harmela pasaba a su lado una hora antes y le preguntaba si su esposa ya había colado café.

En el juicio público, su rostro no flaqueó en ningún momento, ni se le escuchó tampoco una palabra de reconcomio o esclarecimiento al respecto. Su mirada permaneció hierática todo el tiempo y quizás fue esta actitud la que llevó al juez del pueblo, a pesar de las sumas protestas pidiendo desesperadamente la horca, a condenarlo solamente a cadena perpetua. El por qué siempre constituyó un misterio.

Dicen los que lo vieron cuarenta y tres años después, que Horacio solo se arrodilló en el conservado portal de la antigua casita de al lado de la ceiba vieja, y al rato lloró. Lloró durante unos breves quince minutos, ínfimos para la magnitud del crimen que acometió.

Luego, retomando su postura indolente, sacó de su raída chaqueta un anillo oxidado, levantó una tabla semisuelta del piso y lo colocó allí. Instantes después se puso de pie y se marchó. Cuentan que más nunca se le vio pasar, que jamás regresó por los alrededores. Horacio le dijo adiós a su familia por última vez. Horacio decidió llevarse su secreto a la tumba.

Anuncios

2 comentarios to “El secreto”

  1. descaradamente te juzgo. pasa por real así que está bueno, pero si te basas en algo real, al menos yo no creo que ese personaje merezca una historia, y no dudo que tenga algo de real porque de ahí salen las mejores historias.

    • De real este cuento no tiene nada. Fue una historia que escribí cuando era un pichón de periodista y me creía que podía llegar a escribir bien. Se nota la influencia descarada de Gabo, pues por aquellos tiempos me releí a Cien años de soledad. Esta historia no tiene nada del otro mundo, solo la publiqué para recordar viejos tiempos. Saludos Javier

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: