La sorpresa que me guardó Soplillar

Soplillar/CienagadeZapata/Fidel/CeliaSanchezDesde el mismo momento en que decidí embarcarme en esa aventura de blogueros hacia la Ciénaga, mi cabeza empezó a dar vueltas pensando en todo lo que iba a vivir, experimentar y conocer.¡Vaya! -me dije en el camino de regreso a casa- menos mal que reaccioné a tiempo, porque sino me hubiera perdido algo trascendente de verdad.

Y es que en un primer momento no le hice mucho swing a la propuesta de la Tunie y Carmencita de apuntarme en el viaje. El trabajo, los Juegos Taínos o el primer cumple de mi ahijado, eran factores que se combinaban para no convencerme mucho de lanzarme a la aventura.

Pero un buen día de a principios de marzo, ni siquiera sé por qué, me levanté con el pie derecho (soy zurdo, así que la frase para mí funciona al revés) y decidí: ¡qué cará!, vámonos pa’ la Ciénaga y no mires atrás.

Del trabajo no te van a botar, los Taínos no se van a suspender si no vas y Luis Fabio, bueno, seguro no se acordará de que no estuviste en la fiesta de su primer añito. Si algo arreglas una foto en Photoshop y te incluyes…

Así me daba máquina tras cada carguito de conciencia, pero con los días estos se fueron disipando y las ganas de marcharnos hacia Matanzas aumentaban.

Y el día llegó. El jueves 21 de marzo los ocho mosqueteros camagüeyanos desembarcábamos en la Atenas de Cuba, y 24 horas más tarde en Pálpite, sede del conjunto artístico Korimakao, donde nos quedamos la tropa final de 31.

Y si hablaba de lo que me iba a perder de faltar al encuentro, quiero detenerme en una experiencia muy específica, que confieso fue la que más me impactó de todo el viaje, quizás porque no esperaba ni remotamente encontrarla.

El sábado, primer día del apretado tour, recuerdo que antes de regresar a almorzar hicimos una parada en el batey de Soplillar, donde cenó Fidel y un grupo de personas, entre ellas Celia Sánchez, el 24 de diciembre de 1959.

La mayoría de nosotros nos econtrábamos junto al guía recorriendo las rústicas viviendas reconstruídas por el artista de la plástica Kcho. Luego de un rato escuchando la explicación me aburrí y me largué a indagar con mi lente el resto del lugar.

Pero entonces, cuando ya me disponía a tomar un descanso hasta que Karina diera la voz de “todos a la guagua”, Leandro, con la misma expresión eufórica que después yo tuve por minutos, me inquirió:

-¿Ya los viste?

-¿A quiénes?

-Hay más de uno, están ahí mismo.

-¿Pero qué cosa?

-Los tocororos.

Lo que sentí inmediatamente después es algo que no puedo explicar con certeza, aunque quizás algunos piensen que es una exageración de mi parte.

Pensé en muchas cosas, en mi bandera cubana primero, no sé por qué, supongo que por los colores.

Luego repasé rápidamente un mural que había en mi escuela primaria donde había pintado uno y segundos más tarde recordé una revista Zunzún de cuando tenía apenas 10 años donde aparecía otro en blanco y negro, listo para ser coloreado.

Arranqué de inmediato para donde me indicó Leo, y allí estaban… Imagínense si nunca en mi vida había observado uno, cómo habrá sido ver dos, mansitos, a menos de 10 metros de mí, posados en una rama.

Nikon en mano, comencé a desacargarles mis ráfagas, buscando inmortalizar el instante.

Me adentré más entre los árboles, y para mi nuevo asombro, habían más… y volaban. Daban dos aletazos en el aire y luego se impulsaban en un trayectoria recta con las alas junto al cuerpo, haciendo ese sonido que les da el nombre: tocor tocortocor… (o algo así).

Dos detalles me llamaron la atención: primero, el tamaño. Años atrás ya había sufrido la decepción cuando vi un documental de Mundo Latino donde salían. Allí me di cuenta de que no eran muy grandes, sino más bien pequeños.

Los imaginaba todo lo contrario, inmensos; pues en aquella revista Zunzún se veían así. Y los soñaba como un águila o un cóndor. Mi ave nacional, mi tocororo.

Lo segundo fue el plumaje de la espalda, que era oscuro, casi negro. Tampoco era lo que esperaba, pero igual ese azul prucia brillante que despuntaba con el sol del mediodía fue una hermosa sorpresa.

Continué con las fotos durante un rato más, hasta que tomé algunas con las que quedé sastifecho. Me adentré más en el bosque buscando uno que se me acercara, pero ¡qué va!, imposible.

Llegaron más personas y muchos, al marcharnos, terminaron con la misma mirada de éxtasis que tenía yo.

-¿Fue tu primera vez?, les pregunté a dos o tres.

-Siií.

-La mía también.

Y así dejamos Soplillar. Quizás algunos lo recuerden por haber estado en el mismo lugar que Fidel aquella primera nochebuena después del triunfo revolucionario. Otros a lo mejor ni le hayan guardado un rincón en su memoria (el hambre y el cansancio los justificarían).

Sin embargo, para otros, entre los que me incluyo como el primero y más capaz, ese día y ese lugar quedarán marcados para siempre como la primera vez en la vida que vimos a un tocororo, el ave nacional de mi Patria.

tocororo/ave-nacional/cuba

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8 comentarios to “La sorpresa que me guardó Soplillar”

  1. fantastic publish, very informative. I wonder why the opposite specialists of this sector don’t understand this.
    You should proceed your writing. I am sure, you’ve a great readers’
    base already!

  2. Raulito debo decir que tu foto del tocororo mitigó bastante la aflicción mía por no haber estado allí. En el momento en que nos íbamos, alguien me dijo: “vimos un tocororo”, y casi ni le hice caso, venía pensando en otra cosa, más tarde reaccioné, coño un tocororo!!, pero claro, era tardísimo para eso. No obstante, lo repitó, tu foto estaba requetebuena, y me emocionó muchísimo, es el tocororo más hermoso que haya visto jamás en imágenes.

    • Ay Chley mija, no sabes cuánto lamento que te hayas perdido ese momento. De veras que fue una ocasión requete especial. No te preocupes, que cuando el encuentro sea en cmg el año que viene seguro sí vas a poder ver a algunos. Un besote y gracias por reflexionar conmigo

  3. vivian salfran Says:

    Que bueno que fuiste a ese viaje!!!!!!! me algro mucho que lo disfrutaras tanto.

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